En esa circunstancia lo vio un zorro que, con la intención de quitÔrselo, comenzó a adularlo de esta manera:
—Ciertamente, hermosa ave, no hay entre los pĆ”jaros otro que tenga la brillantez de tus plumas ni tu gallardĆa y donaire. Tu voz es tan fascinante que juzgo no habrĆ” quien te iguale en perfección.
El cuervo, envanecido por el elogio, quiso demostrar al astuto zorro su melodiosa voz y comenzó a graznar, dejando caer el queso que tenĆa en el pico.
El ladinozorro, que no deseaba otra cosa, cogió entre sus dientes el suculento bocado y, dejando burlado al cuervo, lo devoró bajo la fresca sombra de un Ôrbol.
Moraleja:
Quien te envanece y engrĆe de tu necedad se rĆe.
Cuando Júpiter iba a nombrar al rey de los pÔjaros, los citó para elegir al mÔs hermoso de ellos.
Entonces los pĆ”jaros, con Ć”nimo de lavarse y estar presentables, fueron a la orilla de un rĆo.
Pero el cuervo, dĆ”ndose cuenta de su fealdad, se dedicó a recoger las plumas que los pĆ”jaros dejaban caer al acicalarse y se las prendió en su cuerpo. Resultó asĆ, aparentemente, ser el mĆ”s bello de los citados.
El dĆa fijado, los pĆ”jaros acudieron a la cita y, entre ellos, el cuervo con su multicolor atavĆo.
JĆŗpiter iba ya a coronar al cuervo en premio a su belleza, pero los pĆ”jaros, indignados por su farsa, se le echaron encima. AsĆ, desplumada, solo fue cuervo.
Moraleja:
Quien con lo ajeno se viste, en la calle lo desvisten.